TRÉBOL

HUBO UN TIEMPO
dulce y misterioso,
crujiente
como un beso de cerezas.
Recuerdo
que tuve en mis manos un trébol
en plena floración
de eterna juventud,
pero no sé cómo
ni dónde lo perdí.

HUBO UN TIEMPO
dulce y misterioso,
crujiente
como un beso de cerezas.
Recuerdo
que tuve en mis manos un trébol
en plena floración
de eterna juventud,
pero no sé cómo
ni dónde lo perdí.

SÉ QUE EXISTO PORQUE ME DUELE
el parpadeo oscuro
de la luz en las manos
y el vértigo del tiempo
recortando mi espacio limitado.
Sé que existo porque me ves
y te abordé en el instante
que nos cruzamos
como barcas alejadas,
perdidas en medio del océano.
Sé que existo porque nada sé,
por eso vuelvo y me voy
del revés en un verso:
para sin duda saber
que la claridad verdadera
no está en las manos del ser.

VOLANDERAS
Por Amparo Carballo Blanco
Como si volar fuera fácil, las pícaras gaviotas atrapan al vuelo el pez que ha brotado del río. El pez es de espuma y escarcha, pesa lo mismo que el aire. El pez tiene escamas encendidas por la profundidad del lenguaje. El pensamiento vuela a todos los espacios, va de lo general a lo particular; de lo particular a lo general. El pensamiento dubitativo puede convertirse en un opaco ovillo de expectante silencio. Entonces las veloces y astutas gaviotas, para no morir de hambre o de asfixia, se disputan la presa que se vuelve abstracta y racional y artística.
La gaviota vencedora picotea con ardor el pez volador del pensamiento imaginario, y lo deja abierto a la creatividad. La otra se aleja sombría y perpleja, vencida, con el pico vacío y el vuelo pensativo, desplegado en el aire sin transparencia. Acaso busca la solución a su problema, no sigue propiamente una línea recta sino más bien zigzagueante, indecisa, con avances, paradas, rodeos y hasta retrocesos. Piensa y aprende.

MIL CUATROCIENTOS GRAMOS
de ciencia
de conciencia
de conocimiento
de bondad
debería contener
el cerebro humano.
Mil cuatrocientos gramos,
sólo eso:
pero es demasiado peso
para un ser tan desalmado.